Respiré por primera vez en Triana. Al parecer,
las primeras palabras que escuché provinieron del entusiasmo
de una enfermera: "¡Tiene una nariz graciosísima!"
La verdad, no recuerdo cómo era la suya, pero mi respingona
compañera me ha permitido seguir ventilando mis pulmones desde
aquel 26 de noviembre, aunque ya sin despertar esa admiración
más que en mi madre y mi abuela. Los tres, junto con mi nariz
y el resto de la familia, volveríamos después del parto
al lugar donde me crié: un gran naranjal en las afueras de
Brenes, a 20 kilómetros de la capital.
Aquella finca, residencia actual de mis tíos,
tenía un jardín lleno de rosas, con una fuente enmedio.
Y un merendero junto a la alberca. Y una vieja granja, ya abandonada
y llena de trastos, que había funcionado hasta los años
70. Y un patio de paredes encaladas que reflejaban la luz en mis cuadernos
de garabatos. Y dos primos que disfrutaban escondiendo esos cuadernos
para hacerme rabiar... Mi primera infancia, pues, se resume en luz
y garabatos. Toneladas de garabatos. Mi abuela, con todo el
cariño, intentaba organizar como podía semejante archivo
gráfico. A tal fin dedicaba cajones y más cajones de
la cómoda de uno de los dormitorios... hasta que con los años
los cajones se agotaron. Creo que mi tía Dolores participó
en la conspiración anti-garabatos que siguió, y aún
hoy la observo con recelo. A los pocos meses, viendo una película
de nazis en la tele, creí ver cómo ardían mis
garabatos en una enorme pila rodeada de agentes de la Gestapo, junto
con otras obras de arte degenerado. El semblante de mi tía
no reflejó adecuadamente su asombro cuando, a los pocos minutos,
un moco de seis años le gritaba "¡NAZI!" un
metro por debajo de sus oídos. A pesar de aquellos hechos infames,
mi familia reaccionó. Para la primera comunión, mis
padres me armaron con auténtica artillería pesada: un
caballete, dos lienzos, un pincel y acuarelas. Sin embargo, aquella
joven promesa de la familia se aburría pintando con esos colorines.
La clave era el diseño.
Aquellos garabatos no conducían a nada artístico. Eran
diseños. Extravagantes, banales, divertidos, ingeniosos
o ridículos.
Pero
diseños. De máquinas, para ser más exactos, y
sobre todo de coches, computadoras e ingenios espaciales. Mi fascinación
por la tecnología venía sin duda por parte de madre,
electricista de profesión en el negocio familiar de reparaciones
e instalaciones.Con diez años ya programaba en BASIC,
aunque... ¡con un papel y un boli!.
Hasta
los once no llegó mi primer ordenador, más por
mi insistencia feroz y extenuante durante todo un lustro que por mis
notas, que aquel 6º de EGB fueron espantosas. Era un entrañable
Spectrum Plus.
En 1984 asistí a mi primer curso de informática,
pero al año terminaría ocurriendo lo mismo que con el
caballete y los lienzos.
La
programación (que era lo único que se podía
hacer entonces con un ordenador, aparte de jugar y gestionar una empresa)
no satisfacía mis ansias. Me sentí confundido... hasta
que ví en televisión una película fascinante,
una especie de bola de cristal en la que pude adivinar mi futuro:
Tron,
de Disney.Yo crearía gráficos, diseños, máquinas,
visiones como las de aquella película... y el ordenador
sería la herramienta, no el fin. Pero necesitaba algo
brutal. Necesitaba... ¡un MSX-2!.
Y llegó: un exótico Mitsubishi GL-3
en cuya demo gráfica aparecían unas graciosas
japonesas disparando flechas (cosas de los nipones). Las japonesas
le hicieron gracia a mi padre y, fíjese, al final nos lo llevamos
de aquel stand de Galerías Preciados. La unidad de discos era
como una caja de zapatos, sí. Y dos de sus cartuchos ocupaban
casi lo que una cinta VHS. Junto con mi voluminoso televisor Elbe
de 14 pulgadas, el conjunto era un verdadero armatoste. Con él
diseñaría mi primer logotipo (para la entonces empresa
familiar), que desgraciadamente se perdió en los abismos de
mis archivos de diskettes de 3.5.
No recuerdo exactamente cuándo comencé
a interesarme por la publicidad. Mi madre dice que los anuncios
me dejaban embobado. Al parecer, TVE emitía una vez al mes
un programa matinal compuesto sólo de horas y horas anuncios,
que debía tener a aquel pertinaz niño como único
espectador. Por aquel entonces yo ya era pionero en la introducción
en España de la publicidad encubierta o product-placement.
Doy
cuenta con este dibujo que dejó atónita a la seño:
una virgen ante todo fea (leit motiv de las clases de
plástica previas a la Semana Santa) detrás de la cual,
a la derecha, aparece como quien no quiere la cosa una valla publicitaria
del negocio familiar...
En
cualquier caso, de nuevo unos fascículos que empecé
a comprar de forma casual, siendo ya un adolescente, terminaron por
influirme decisivamente. Era el Curso de Diseño Gráfico,
de Orbis-Fabri, en su primera edición. De los nueve tomos,
sólo uno estaba dedicado a los gráficos por ordenador
(y encima se extravió en clase). Pero precisamente por
ello esos libros determinarían mi futuro profesional. En aquellas
maravillosas páginas se hablaba no sólo de técnica,
sino también de marketing, de significados, de
comunicación... y de la obra de los grandes maestros.
Descubrir con esa edad a Cassandre, Glaser, Lubalin o El Lissitzky
fue una de las experiencias más estimulantes y decisivas de
mi vida.
Con 16 años cobraría mis primeros
honorarios: 5.000 pesetas (no se ría).
El
encargo fue la "identidad corporativa" (marca, impresos
y rótulos) para Manuel Acedo, un ex-empleado de mi madre que
había abierto su propio negocio de instalaciones y reparaciones
eléctricas. Ahí empezó todo. Con mis ahorros
no podía acceder a un verdadero equipo para diseñar
(un Mac costaba entonces un ojo de la cara), así que en 1990
me decidí por el que fue, a mi entender, el primer ordenador
doméstico verdaderamente multimedia: un Amiga 500.
Esta
vez no había japonesitas disparando flechas: la demo
estaba protagonizada por una despampanante rubia pechugona que bailaba
entre objetos animados en 3D al compás de música acid
house. Demasiado para mi sexualidad adolescente. La rubia pechugona,
a pesar de su turgencia, cabía perfectamente junto con sus
bailoteos en un humilde disco de 3.5 pulgadas, al igual que todo el
sistema operativo. Aunque hoy resulte inimaginable, mi Amiga nunca
alcanzó el privilegio de disponer de disco duro. Sí
traía un artilugio aladrillado que miré y remiré
con desconfianza. Se llamaba ratón. Al principio ese
invento me resultó extraño, pero en poco tiempo no comprendería
cómo había podido vivir sin él. Y ratoneando,
ratoneando, seguí introduciéndome en esta profesión
que habría de darme de comer hasta hoy.
De
todas formas, la herramienta era potente pero no todopoderosa: los
fotomontajes de gran formato estaban muy lejos de su capacidad, por
ejemplo. Es el caso de mi primer cartel, presentado en 1991
a un concurso de El Corte Inglés sobre el tema "la primavera":
horas y horas de selección y realización de fotos (con
tres amigas y un taburete haciendo de mariquita), y la típica
orgía de cutters, pegamento SprayMount y lápices
de colores en las horas finales del plazo de presentación.
Lo tuve tan claro, que compaginé 3º
de BUP con el curso más importante de mi vida: Diseño
por ordenador en 2D, en el Centro de Estudios de la Imagen. Las
máquinas: Amiga 2000 . Los programas: DeluxePaint, Digipaint
y... la gran sorpresa: software ¡¡PostScript!! de diseño
vectorial y maquetación. El redibujado de una página
a cuatro columnas con una foto podía tardar 20 segundos...
pero a mí aquello me resultaba fascinante de todos modos. El
profesor se llamaba Fran, y era un tipo la mar de competente que me
animó a seguir en este sector. Y le hice caso.
Decidí estudiar Publicidad. ¿El
problema? En la entonces minúscula Facultad de Ciencias de
la Información de Sevilla exigían un notable
de media entre BUP, COU y Selectividad para acceder. Yo había
estudiado desde párvulos en un centro excelente (y bastante
estricto) llamado Alfonso X El Sabio. Pero cerró justo antes
que ingresara en COU, el curso que decidiría mi ingreso en
la Facultad.
En
aquel momento crítico, mis padres tuvieron la idea brillante de matricularme en Europa
International School... No guardo buenos recuerdos de aquel lugar;
sólo hay que ver la catetada (foto izquierda) que tiene por
fachada para imaginar la razón.
Un
año más tarde, y no sé cómo, logré
entrar sin problemas en la temida Facultad de CC. de la Información.
Aquello fue una verdadera prueba de madurez. Primero de Publicidad
fue casi un paseo, pero el contacto con gente normal fue lo
verdaderamente instructivo, después de la experiencia más-allá-de-lo-snob
del año anterior. Y no me refiero sólo al profesorado,
muy polarizado en cuanto a su calidad docente y humana (lo hay excelente
y lo hay lamentable, sin puntos intermedios). Me refiero especialmente
al alumnado, gente por lo general estupenda y, como pude observar,
compuesto por verdaderos "estudiantes profesionales". Muchas
de las materias impartidas eran tan nuevas que existía la posibilidad
de discutirlas e incluso contribuir en clase a su reflexión:
esa falta de dogmatismo académico, junto con el ambiente distendido
propio de la Universidad de Sevilla, me resultó también
muy estimulante. A partir de segundo, ya bien integrado en el lugar,
metí las narices en todo aquello que me dejaron: la revista
de la facultad, la agencia de publicidad de los alumnos, proyectos
de investigación, trabajos académicos, cursillos, asignaturas
raritas de libre configuración...
Entre
estas últimas me matricularía en Música para
Audiovisuales, donde presenté como trabajo práctico
unas sintonías para programas de radio. Eran una
s
sencillas maquetas producidas con mi precario estudio MIDI casero,
pero fueron suficientes para que el profesor, Fernando Segundo, me
diera un consejo radical: "David, deja la publicidad y dedícate
a esto". Así, a bocajarro... ¡Pues me lo pensé!
De todas formas, las dudas no me duraron demasiado gracias a otra
profesora del centro: Ana Cortijo. Conocida profesional
y responsable del estudio Cortijo&Asociados, Ana influyó
decisivamente en mi carrera profesional al infundirme la seguridad
que me faltaba, prestándose incluso a corregir los trabajos
que mis primeros clientes me solicitaban. Definitivamente mi futuro
estaba en el diseño gráfico, y nunca le agradeceré
lo suficiente que me orientara con tanto convencimiento hacia él.
El segundo ciclo de la carrera estaba lleno de
expectativas: las asignaturas estaban mucho más enfocadas a
la publicidad en la práctica y además ya había
cursado estudios de especialización en diseño. Había
ahorrado lo suficiente durante los años precedentes como para
adquirir un flamante equipo profesional, un
Apple
PowerMacintosh 7100 con todos los pitos y flautas. A partir de ahí,
todo se precipitó. En pleno cuarto de Publicidad acepté
mi primer trabajo estable dentro de una empresa, una firma
de cosmética sorprendentemente ubicada en Sevilla y llamada
Dermoder Internacional.
Comencé diseñando publicidad y packaging desde
casa, y terminaría desempeñando la dirección
de comunicación de la empresa matriz, Innovación Cosmética.
¡Mi
primer despacho aparece en esta foto!, concretamente en el extremo
izquierdo de la primera planta, con estimulantes vistas de las naves
y el tráfico pesado del Parque Industral PISA. Allí
estuve un par de años y lo dejé principalmente por dos
razones: estrés galopante (mi jornada habitual era de
10 a 12 horas, y aún así era imposible cumplir los planes
de trabajo) y continuar mis estudios, que había abandonado
completamente. Al final, la carrera conseguiría terminarla
a tirones, es decir, en los períodos que se extendieron
entre los diversos trabajos que fui aceptando. Pasaría por
un par de estudios de diseño, Aldebarán y Filma&Diseño
(éste último también fotomecánica)
y, finalmente, recabaría en Grupo
Cibernet como diseñador web. La Red, que había
empezado para mí en 1994 como una afición, terminó
por convertirse en mi principal campo profesional al entrar en aquella
empresa. En abril de 2002, finalmente, me lanzo a las inciertas aguas
del trabajo freelance, dándome de alta como profesional
autónomo.
Mis clientes se ubican principalmente en Andalucía pero, en septiembre de 2005, surge la oportunidad de ampliar mercado en las Islas Canarias. A día de hoy, desarrollo mi actividad entre las dos regiones (y en muchos, muchos aviones), y también para clientes de cualquier lugar del mundo que deseen compartir mi visión.